Nazi, 1970,

Water colour, graphite, colour pencil and ink on paper,

52 x 45 cm

Por: Oscar Román

Desde niña a Leonora Carrington le influyó mucho la fuente mitológica, aquellos relatos irlandeses de hadas narrados por su madre, su abuela materna y la nana de la familia, Mary Kavanaugh. De igual manera, los escritores canónicos de las letras inglesas también fueron importantes para ella: Lewis Carrol, cuya Alicia ejerció una impresión particularmente fuerte, además de Edward Lear, Jonathan Swift y Beatrix Potter.

Leonora evidenció su naciente talento artístico a través de los múltiples dibujos que realizó siendo aún niña bajo una temática muy particular – cuentos de hadas, animales, paisajes fantásticos y mapas – que auguraban sus intereses posteriores, ya como una artista y escritora madura.

Poco después de inscribirse en la Chelsea School of Art, decidió cambiarse a la academia del pintor francés Amédée Ozenfant, cuando éste abrió su escuela de arte en Londres en mayo de 1936, en una callejuela de Kensington y con unos cuantos alumnos, Carrington, entre los primeros.

Fue en México donde la artista desarrolló su obra al descubrir una civilización donde el pasado precolombino estaba aún vivo y presente

Uno de sus compañeros en la escuela de Ozenfant fue Ursula Blackwell-Goldfinger, casada con el arquitecto británico-húngaro Erno Goldfinger, cuyo nombre fue inmortalizado por Ian Fleming en el libro y la película de James Bond con ese nombre. En junio de 1937 invitó a Carrington a cenar en el piso de la pareja en Highpoint, diseñado por el arquitecto emigrado de Georgia, Berthold Lubetkin, en aquel entonces el edificio de departamentos más moderno de Gran Bretaña. La cena fue en honor a Max Ernst, para celebrar la inauguración de su primera exhibición individual en Londres. Durante la cena Carrington y Ernst se enamoraron instantáneamente: “Me había enamorado ya de sus cuadros el año anterior, ahora me enamoré del hombre”.

La artista recordará después cuánto le impresionó Deux enfants sont menacés par un rossignol (Dos niños amenazados por un ruiseñor) de Max Ernst: “La vi y pensé, ‘sé de qué se trata todo esto’”.

Sin duda, este episodio señala el inicio de su relación amorosa con Ernst, pero también de su trayectoria como artista y escritora. Contaba ya con una reserva significativa de relatos, cuentos y mitos; asimismo, aún tenía en mente las impresiones de la pintura florentina que conoció durante su estancia en una escuela de buenos modales para niñas, entre otras, y había sido rigurosamente entrenada como dibujante en la escuela de Ozenfant, pero fue con Max Ernst con quién evolucionó hasta convertirse en esa artista y escritora importante.

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En esta casa, 1957, Gouache sobre papel, 45 x 31 cm

La obra pictórica de Carrington es un testimonio claro de una lucidez interior, de una sensibilidad que logra trasladar al arte la visión de lo maravilloso, donde la realidad interior y exterior se entremezclan. El interés de la artista por explorar el arte mágico, que durante sus años en Europa encontró en libros, museos y colecciones de arte, cobró vida en México al descubrir una civilización donde el pasado precolombino estaba aún vivo y presente. Cuando llegó a este país en 1942, le parecía un lugar muy exótico donde todo era nuevo para ella: “[…] desde el espíritu de la gente o la variedad de las comidas, las plantas y animales hasta el paisaje y el contacto con los muertos”. Con el contingente de artistas exiliados que ya se encontraban en México, como Alice Rahon y Wolfgang Paalen, y los que fueron llegando después: Remedios Varo y Benjamin Péret, Kati y José Horna, y la arqueóloga y antropóloga italiana Laurette Séjourné, que se sumó al grupo tras su matrimonio con Victor Serge, Carrington estableció una red de influencias y colaboraciones a lo largo de los años y se aventuró por diferentes regiones en busca de ese espíritu mágico de los pueblos mexicanos.

La pintura y la escritura, dos campos magnéticos en su vida creativa, son espejos del pensamiento y del espíritu donde interactúan el ensueño, el drama y el juego. Las imágenes de sus cuadros revitalizan mitos y leyendas universales, en los cuales moran seres heterogéneos y animales en atmósferas nebulosas que en los años posteriores a 1960 reafirma manteniendo ese interés por lo exótico, por la simbología del ocultismo y el amor por la naturaleza, los animales, los jardines y los bosques que conjugó con su actitud extravagante y humorística ante la vida.


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